Image

Aniversario del desorden internacional

24/02/2023  |  Internacionales  |  

Claro, la primera, igual de burda, ocurrió en 2014, cuando las fuerzas de Vladimir Putin tomaron a la fuerza los territorios de Crimea, esto sumado a la activa presencia de separatistas rusos en el Este del país. Aunque se pretenda instalar versiones alternativas sobre la legitimidad y la legalidad de esta guerra, la simple verdad objetiva es que se trata del conflicto bélico más importante en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, superando en gravedad a los conflictos étnicos en los Balcanes durante la década del 1990. La invasión rusa a Ucrania es parte de una historia reciente de la desconstrucción o el desorden global sobre las reglas del juego o los cánones del derecho internacional. La doctrina de no-injerencia o agresión, que es la base de las relaciones internacionales desde la creación de la Carta de Naciones Unidas en 1945, hace tiempo no surte el mismo efecto ordenador. La invasión rusa es no solamente ilegitima sino también ilegal. Viola la Carta de Naciones Unidas y pone a Putin y sus fuerzas en la mira de la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional, ambas con sendas jurisdicciones sobre genocidio (la primera) y crímenes de guerra y de lesa humanidad (la segunda). La Justicia internacional no va a los tiempos de los sucesos políticos, pero marca la tendencia hacia dónde se apunta una vez el conflicto llegue a instancias de negociación. Es más, por cuestiones jurisdiccionales técnicas, Rusia no puede ser imputada por el crimen de agresión en la arquitectura actual del derecho internacional. Pero varios estados europeos están trabajando en una solución mediante la creación de un tribunal internacional especial que contemple el caso ruso. Una propuesta, también, con dificultades varias.

En este contexto, la segunda invasión rusa pone en tela de juicio la capacidad de las instituciones internacionales a dar respuesta a tan burda invasión. Recordemos, el crimen de agresión se trata de la irrupción total y planificada de un Estado sobre otro sin tener argumentos de defensa. Un Estado puede defenderse, pero acudir a la fuerza sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es ilegal. Hoy Rusia ejerce una guerra de agresión contra Ucrania. Los argumentos rusos sostienen un plan sistemático de la OTAN y Ucrania para hacer desaparecer a las minorías rusas en el Este del país, y eventualmente a Rusia en su totalidad.

Fronteras

La evidencia del acercamiento de la frontera de la OTAN a Rusia no es argumento suficiente para sostener un eventual ataque pro-OTAN. Ni siquiera los argumentos de Putin de estar luchando contra una fuerza "nazi" tienen el sustento para inclusive entretener una instancia seria de negociación. La guerra forzada fue premeditada. Las negaciones rusas días antes de la guerra también jugaron su papel de engaño. Ni siquiera las visitas de líderes europeos, y hasta la del presidente Alberto Fernández, lograron disuadir una acción militar ilegal e ilegítima hacia Ucrania. El 24 de febrero 2022 Putin pensó que ganaría el pleito en días. Su entorno, tan acostumbrado a una dictadura, ni le avisó que no tenían la capacidad bélica ni de logística para tomar Kiev. En un suceso de errores de igual magnitud -decir que sí sin tener capacidad de lograr el objetivo- dejan la guerra a favor de Ucrania, pero con la amenaza más grande y terrorífica: el posible uso de armas nucleares. Si bien Putin alude a su utilización, no hay evidencia de tal maniobra. Pero como opción bélica posible no es serio no temerle a un dictador que va perdiendo una guerra. Ahora bien, también es necesario encuadrar esta guerra europea en un contexto de desorden internacional más amplio. Me refiero a que Rusia no está sola en el club de agresores. Estados Unidos, el Reino Unido, España y una coalición de gobiernos tienen en su historia reciente la invasión a Afganistán (2001) e Irak (2003), ambas sin autorización del Consejo de Seguridad, una burda violación al derecho internacional.

También es necesario encuadrar esta guerra europea en un contexto de desorden internacional más amplio, y Rusia no está sola en el club de agresores. Es necesario, entonces, volver a las bases de justificar las reglas del sistema internacional como la estructura total de convivencia entre naciones.

Pero, a no confundirse, que el poderío militar sirva de excusa para desobedecer las reglas no justifica el accionar ni tampoco iguala la situación en Ucrania que en Afganistán o Irak. A lo que va este punto es a no perder noción que las guerras en sí no logran nada más que destrucción y que normalmente son encaradas por poderosos con intereses muy ajustados a sus doctrinas nacionales. De bueno no tienen nada, y de malo lo tienen todo. Si no hay que fijarse por qué el mundo vive una escalada de la inflación y tasas de interés, o la faltante de granos en contextos de hambruna o la amenaza de una guerra nuclear. Es imprescindible, entonces, volver a las bases de justificar las reglas del sistema internacional como la estructura total de convivencia entre naciones. Pensar, nuevamente, en ese momento pandémico cuando la solidaridad era tapa de los diarios. La guerra en Ucrania, posiblemente, este con nosotros por varios años más, más aniversarios de desazón. Y para los 8 millones de refugiados ucranianos expulsados por la guerra volver a casa es un derecho, y para todos nosotros -observadores externos- garantizarles ese derecho es una obligación. Esto lo podemos hacer desde la responsabilidad de estar informados, desde la responsabilidad de pensar la realidad local como factor internacional, desde la donación de tiempo y dinero, y desde el examen minucioso sobre qué piensan de este tema los candidatos que queremos votar. La solidaridad internacional empieza por casa, slava ukraini.

Las implicancias económicas

A un año del inicio de la invasión rusa a Ucrania, las economías latinoamericanas han sentido su mayor impacto en el sector de las materias primas, con un incremento en las exportaciones agropecuarias, de gas y petróleo, pero también con la carestía de alimentos tradicionalmente asequibles.

La dependencia de la región de fertilizantes e insumos agrícolas, en su mayoría importados desde Rusia y Ucrania, ha aumentado los costos de producción de varios alimentos, lo que encarece el costo de la vida, y Argentina no escapa de esta situación.

 



Fuente: El Tribuno