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Liberalismo versus liberaludismo

07/09/2020  |  OPINION  |  

En la historia económica de nuestro país cada tanto hay momentos así. Podemos recordar, por caso, cuando en julio de 1988 Alfonsín y Sourrouille decidieron -para nuestra desgracia- aplicar el recordado “Plan Primavera”, obra maestra de la inconsistencia que acabó en la hiperinflación. Podríamos recordar también, para nuestro bienestar, diciembre de 1990, cuando se decidió evitar una tercera hiperinflación y aplicar la convertibilidad, que, aunque nacida “renga” por el atraso cambiario inicial aportaría estabilidad y crecimiento por varios años. O quizás -para nuestra desgracia- cuando en diciembre de 2001 se decidió aplicar el “corralito” en vez de buscar salir ordenadamente de la convertibilidad. Y también mayo de 2003 cuando se decidió, muy bien, por mantener los “superávits gemelos” evitando caer en el atraso cambiario y así crecer a tasas chinas por años. Renegociada la deuda, con inevitables decisiones que tomar para ir reduciendo el déficit fiscal dañando lo menos posible a la débil estructura productiva, hoy estamos en otro cruce de caminos como aquellos. Por eso es necesario estar alerta ante malos consejos, verdades a medias, o muchas veces falacias -incluso burradas- que se dicen en los medios y que pueden influir de manera negativa en decisiones que hay que ir tomando. Muchos de esos peligros nacen cuando la muy respetable doctrina del liberalismo pasa de una filosofía y un camino de pensamiento válido a la exageración de la berreta “liberaludez”. Veamos algunos ejemplos:

Número Uno

“El impuesto a la riqueza es un error. Sólo servirá para cerrar una pequeña parte del déficit fiscal. En vez de más impuestos hay que otorgar incentivos a la inversión”. Barbaridades de este calibre se podían escuchar de boca de un economista el lunes a las 22:30 en A24. Veamos la consistencia del argumento que suele repetirse y peligra con taladrar el raciocinio de la gente. Los impuestos son la herramienta más genuina para disminuir el déficit fiscal cuando el gasto público no puede bajarse dadas las situaciones críticas que impone, por ejemplo, una pandemia. Alguien debe pagar los platos rotos, y en momentos de gran crisis recesiva y pobreza creciendo al 50%, si no se empieza por gravar la riqueza, es difícil poder pensar siquiera cómo los números van a poder empezar a cerrar. Es obvio que un impuesto a la riqueza no va a equilibrar un déficit fiscal del 10% del PBI, a no ser que sea un gravamen confiscatorio. Es más: ninguna medida aislada podría hacerlo, porque no hay forma de pensar en medidas individuales que tengan el efecto de torcer la balanza para un lado o para el otro por diez puntos del PBI. Además, ¿qué es eso de que en vez de impuestos lo que hay que aplicar es más incentivos a la inversión? ¿Qué quiere la corriente liberaluda? ¿Bajar el déficit fiscal como tanto declama? ¿O en vez de ello aumentarlo? ¿O sea que en vez de gravar a los más ricos hay que subsidiarlos en momentos en los que mucha gente no tiene para comer? Habría que ver hasta dónde esta es una liberaludez o una obra maestra de “pensamiento gatuno” en el sentido que tiene la palabra “gato” en el dialecto “tumbero”.

Número Dos

“El canje de deuda, si bien fue exitoso, también es secundario. Ocurre que la economía argentina ya en febrero de este año estaba por primera vez en dos años en situación de déficit fiscal primario. Por lo tanto, un acuerdo externo, en ese contexto, es secundario”. Indudablemente, una liberaludez extrema que fue posible escuchar en el mismo programa por el mismo economista. La frase ya es un verdadero contrasentido. ¿Cómo es eso de que una economía que durante dos años no tuvo déficit fiscal operativo debe centrar su esfuerzo en cerrar un déficit incipiente de ese orden en vez de centrarse en una bola de nieve de vencimientos de deuda externa que se aproxima? ¿Vamos a creer la tontería de que si se cierra un incipiente déficit primario el crédito externo recomienza a fluir como agua de manantial? ¿Si no fluyó en dos años de equilibrio fiscal primario por qué habría de hacerlo ahora? ¿Es más importante cerrar la parte de un déficit que hay que abonar en moneda local, o la parte que es en moneda extranjera, la cual no se puede imprimir? Aquí evidentemente el poco sesudo análisis se debe a la estupidez de creer que todo lo que es “primario” debe hacerse antes de todo lo que es “secundario”, como si se tratara de la escuela, en vez de percibir que la definición de “primario” y “secundario” en lo que se refiere al déficit no es más que una convención.

Número Tres

Se escuchó en el mismo programa una verdadera obra maestra de la estupidez económica, pero puede escucharse o leerse en muchísimos medios: “La emisión monetaria de estos meses inevitablemente concluirá en una gran, enorme inflación. Ese dinero hoy está inmovilizado en los bolsillos de la gente o en los bancos. Pero cuando comience a circular intentará consumir bienes que no existen, por lo que causará gran inflación”. Aquí el error no es pronosticar un aumento en la tasa de inflación, lo cual es posible que ocurra. El error es el fatalismo con el cual se hace el pronóstico. Parece un contrasentido, pero no lo es: los liberales se la pasan mencionando que la inflación es un fenómeno eminentemente monetario -trivialidad tautológica- y a citar que en economía es imposible evadir la ley de la oferta y la demanda. Pero cuando se trata del dinero sólo ven la oferta, la oferta… y… la oferta. ¿Y la demanda? En lo que se refiere a la base monetaria, que es el componente al cual el argumento liberaludo hace referencia, se divide en dos partes: la parte que demanda el público -que es la que los individuos y empresas usan en forma de “cash”- y…¡la de los bancos! ¿Y cuál es la demanda de base monetaria que realizan los bancos? Muy sencillo: los encajes bancarios, la parte de los depósitos que deben inmovilizar por orden del Banco Central. Por lo tanto, si hay una gran emisión monetaria causada por la pandemia, una buena parte de ella podría neutralizarse si el Banco Central advirtiera que ha llegado la hora de empezar a subir los encajes bancarios. Cuando se menciona a los encajes, la corriente vernácula del liberaludismo suele mirar para otro lado y recomendar siempre y en todo momento bajarlos por dogmatismo religioso. Se suelen desentender -y el Banco Central lamentablemente también lo hace- del hecho de que cerca de la mitad de la recaudación del impuesto inflacionario no se la lleva el Estado, sino los bancos, porque el hecho de poder tomar depósitos en cuenta corriente y en caja de ahorro a tasa cero o casi cero y poder prestar buena parte de esos fondos al 4% mensual o más es un auténtico subsidio a los bancos del orden de más del 3% del PBI que todos pagamos con el impuesto inflacionario. Y es que si a alguien conviene la alta inflación, es precisamente a los bancos por esa sencilla cuestión: porque recaudan para sí la mitad de ese impuesto. Se podría bajar la inflación a la mitad si se estatiza todo el impuesto inflacionario, lejos de seguir privatizándolo. Claro que si el Banco Central sigue haciéndose el distraído frente a este tema, es factible que lamentablemente esta liberaludez termine por ser cierta.

Número Cuatro

Pudo leerse en un respetable medio de la competencia: “El acuerdo externo no es ningún alivio porque no les pensábamos pagar. Y es más, nadie puede creer que el Gobierno va a empezar a hacer todos los ajustes para honrar los nuevos compromisos”. Como se ve, una auténtica obra maestra de cómo se puede perder una magnífica oportunidad para callarse la boca. Primero, porque si de antemano hay un pensamiento de no querer pagar, los economistas hemos sobrado en el pasado, sobramos en el presente y sobraremos en el futuro. No se puede ni hablar si ese es el caso. Pero lo notable es que este tipo de argumentos los terminan diciendo algunos economistas que se hacían pis encima de la alegría cuando, por ejemplo, se lanzaba el “megacanje” en 2001 y se emitían decenas de bonos que se defaultearían en sólo tres meses… Segundo: porque no podemos saber si el Gobierno va o no a tomar medidas para poder empezar a pagar. Quien dice esto, si realmente es consecuente con sus prejuicios -porque eso son esas “ideas”-, debería cerrar su negocio.

En síntesis, se aproximan momentos económicos muy importantes. Es muy sano escuchar argumentos liberales, muchos de los cuales es posible que haya que aplicar. Ahora, con las liberaludeces mejor abstenerse.



Fuente: Ambito