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Gesell sin boliches: matar al mensajero

10/02/2020  |  OPINION  |  

Las repercusiones por el crimen de Fernando Báez Sosa a manos de una decena de rugbiers en Villa Gesell no cesan. Desde el comportamiento adolescente, las agresiones en manada, el consumo desmedido de alcohol, la falta de límites y controles, el machismo en uno de sus modos más bestiales, muchos temas fueron objeto de análisis y debate. Como parte de esas derivaciones, el intendente de Gesell anunció, días atrás, su plan de cerrar todos los boliches bailables del balneario y prohibir nuevas habilitaciones. Algo así como muerto el perro, se acabó la rabia. Algo así, también, como admitir la propia impotencia para dar -desde la autoridad, desde el municipio en este caso- una verdadera respuesta al problema. Sobreactuación y efectismo ante lo que no se supo, no se quiso o no se pudo ver o hacer antes de que la tragedia estallara.

La solución nunca puede ser matar al mensajero. Sin embargo, es un recurso del que se suele echar mano con más frecuencia de lo debido, escondiendo la basura debajo de la alfombra, o simplemente desplazando el problema. Sin boliches en Pinamar, según la preocupación expresada por muchos padres, los chicos salían a la ruta a la madrugada para ir a bailar a Gesell. Sin Gesell como alternativa, buscarán otro sucedáneo. A Gesell y/ o a los boliches. En los días posteriores a la muerte de Fernando se repitieron casos de agresiones parecidas a la salida de discotecas -y también en muchos otros ámbitos, claro- en distintos puntos del país. ¿La solución creativa será erradicar esos y otros establecimientos similares en todo el territorio nacional? ¿No se tratará, más vale, de que cada estamento cumpla con su tarea de fiscalización? ¿Que se cuide, por ejemplo, que la capacidad de esos lugares no se exceda; que no se venda alcohol a los menores bajo ningún concepto; que no se le permita consumir más a quien ya tiene una buena y evidente cantidad encima; que en caso de pelea se evite que los grupos contendientes sean desalojados y depositados en el mismo lugar, facilitando que la violencia continúe afuera; que haya policía y medidas para evitar esa violencia? Y, justamente, ¿qué pasará con esa violencia? ¿Desaparecido el escenario desaparecerá también ella? Lamentablemente, todo indica que no.

El problema es complejo y la forma de encararlo se repite en otros ámbitos, con la misma enjundia con que los conversos defienden su causa, poniendo el acento en el mensajero y desnudando la impotencia del Estado y de los diferentes niveles de responsabilidad. La respuesta a la violencia en el fútbol es prohibir el ingreso de visitantes en cada partido, empobreciendo el espectáculo y castigando así a los hinchas que sólo quieren disfrutarlo, sólo porque se es incapaz de protegerlos. La prevención del embarazo adolescente consiste todavía, para muchos, en evitar hablar del tema en las escuelas, en rechazar el dictado de ESI (Educación Sexual Integral) y en no permitir el acceso de los chicos a preservativos u otros métodos de control, considerando que, si de eso no se habla, el sexo en la adolescencia dejará de existir. Consecuencia de esto son 258 nacimientos diarios de madres menores de 19 años en el país y un aumento vertiginoso de las enfermedades de transmisión sexual en los últimos tiempos.

Volviendo al ejemplo que da pie a esta columna, y siguiendo con esta modalidad de razonamiento, para evitar lo antipático de una prohibición podría pensarse en boliches sólo para rugbiers, cosa de que si se pelean, al menos, la paridad de fuerzas esté garantizada. O, teniendo en cuenta que también había en la agresión a Fernando aspectos discriminatorios -”Negro de mierda”, cuentan los testigos que le gritaban-habilitar locales según variantes antropométricas de los consumidores, tonalidad de piel, procedencia geográfica, barrios, creencias religiosas, asistencia a colegios públicos o privados... Las categorizaciones son infinitas. Y podrían extrapolarse a todas las actividades humanas.

En vez de educar en la tolerancia, el respeto y la aceptación de las diferencias, en vez de hacer cumplir las normas y las leyes, en vez de asumir las responsabilidades, prohibamos, censuremos y segmentemos. Así marcharemos orgullosos hacia una sociedad cada vez más culturalmente empobrecida, cada vez más ignorante, cada vez más bárbara. En la que, de paso, se podrían eliminar los autos y otros vehículos para evitar los accidentes de tránsito.



Fuente: clarin